Copa Subdelegado

Carlitos, el gol y la rabia

Pedro Expósito.- Saque de esquina, balón dirección a la portería, ¿fallo del portero, rechace, autogol, no fue? Por más veces que he visto el vídeo no he conseguido adivinar, qué es lo que realmente pasó en la jugada del tanto que dio el pase a la final de la LXXI Copa Subdelegado al CD Navas en el campo del Urgavona.

Carlitos en un partido ante La Guardia | Manuel Zapata

Lo que sí sé es lo que vino después. Carlitos, protagonista de la jugada, mira al colegiado, éste confirma el gol y a partir de ahí: el delirio. El menudo futbolista del CD Navas inicia una carrera endiablada para cruzar el campo en busca de su afición. El cansancio parecía no pesar, los puños apretados de la rabia, manos arriba en comunión con sus compañeros, grito al cielo, soledad… y vellos de punta.

No fue un gol más. Fue la recompensa a un duro año de trabajo en la sombra. Y es que pocos conocen la verdadera historia que encerraba esa celebración. Albergaba un sufrimiento previo que solo conocen los que se ven obligados a apartar las botas para ver el fútbol desde la grada.

Corría el 19 de diciembre de 2015 cuando Carlos Muñoz Torralba caía lesionado en un partido de Copa Subdelegado ante su vecino, el CD Arquillos. Rotura del ligamento cruzado anterior de su pierna derecha. Lo peor estaba por llegar.

Carlitos tras ser operado | Carlos Muñoz

Carlitos se sometía a una operación el 13 junio de 2016 cuya rehabilitación fue muy dura. Desde el primer minuto  el reto era volver. Trabajar era el camino. No se vino abajo, con una veintena de años sale uno bien parado de casi todo, y el fútbol le acabó por premiar.

Un 26 de febrero de 2017, Carlitos regresaba  a una convocatoria. Saboreaba de nuevo lo que era salir de casa con la bolsa preparada, el volver a  vestirse de amarillo con la camiseta de su  CD Navas, calzarse las botas, ajustar sus espinilleras y  escuchar con atención la charla de Rafael Perales antes de medirse al CD Torredelcampo en el San Juan Bautista.

Minuto 82, llamada del míster, Carlitos – con el 16 a la espalda – volvía a sentirse futbolista durante los más de ocho minutos, en los que el equipo controló su renta y celebró una de las victorias que hicieron al Navas campeón de Primera Andaluza. Semanas después jugaría su primer partido como titular. Los fantasmas que anidaban en su cabeza se alejaban poco a poco.

Un año y cinco días después de la traumática operación, Carlitos se convertía en el héroe. Con gol que entró, que no entró, que fue de él, que no fue de él o que se inventaron o que se dejaron de inventar pero, que a fin de cuentas es un premio a un futbolista que es puro corazón. Una confirmación más de que el fútbol no entiende de categorías en cuanto a pasión, sacrificio y esfuerzo se habla.

Una historia de sacrificio con final feliz, cargada de la tan añorada justicia poética, por la que seguir creyendo en este deporte. Porque como dijo Galeano, “el fútbol es la única religión que no tiene ateos”.

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